Mutarte
martes, abril 18, 2006
  San Moritz, Café: 68 años velando la bohemia criolla

En el Numero 7-91 de la calle l6, en el centro de Bogotá, existe un sitio que a pesar de haberse detenido en el tiempo, como las fotografías que cuelgan de sus paredes, está mas vigente que nunca: universitarios, pensionados, ejecutivos, varados, comerciantes, sacerdotes, diáconos y mas pensionados logran huir del caos de la ciudad e internarse en el café San Moritz . Tomarse una pola o un café al ritmo de la mejor música de plancha, tangos, boleros o rancheras; todo depende de la hora. Es una taberna vieja y espaciosa, con tres salones dispuestos a la bohemia cachaca, dos mesas de billar y cuatro chorros de luz que se colan por las claraboyas del cielo raso.

Es a la vez un museo de imágenes de la ciudad, su cultura y su gente: la Rebeca cuando aún la engalanaban sus años dorados en la 26 rodeada de arbustos y fuentes, el ferry- transmilenio de los 30-, la séptima (a la que nunca le pasan los años), imágenes de personajes cotidianos y urbanos que relatan varias épocas de Bogotá. Se puede apreciar también en sus paredes varios de los viejos afiches de "café de Colombia", acompañados por retratos de Gardel, Claudia de Colombia, y grupos de teatro local.
El café que no duerme
DE 9 de la mañana a las 3 de la madrugada, en este bar, los clientes van subiendo el tono de la bohemia a medida que avanzan las horas.
De 9 a 1 es la hora de los pensionados que vienen a leer el periódico, tomarse su “pintadito”, a jugarse un "chico de billar" o vaciar sus bolsillos apostando al tute o la 21 en naipe español o arreglar el país aferrados a la diatriba Gaitanista de siempre. De las dos en adelante llegan los universitarios a bajarse sus cervezas, y a escuchar boleritos; después de las seis, ejecutivos y oficinistas ocupan las mesas junto a la barra y extienden su rumba hasta las ocho o nueve cuando el sitio se ve atiborrado por comerciantes de la zona. Entonces la rumba toma otro aire y es hora de corridos, rancheras, tangos y despecho, de copas y botellas que se vacían en las mesas... así hasta entrada la madrugada cuando la grades puertas amarillas del Café san Moritz, que desde 1937 ha velando la bohemia criolla, cierran a la ciudad.
Al día siguiente el padre Ignacio Morales ,cura de la congregación Francisca, iglesia diagonal al bar, es el primero en orden su café después de misa de ocho.

 
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